“Y Adonai le dijo a Abram: andáte
por vos mismo (Lej Lejá) de tu tierra,
de tu lugar natal, de la casa de tu padre
hacia la tierra que te mostraré”
Génesis, 12, 1

1. Vibra tu voz en mi cuerpo,
la escucho nítida, causa temor,
alaba y desprecia al mismo tiempo.
Así, sé que deseás mi partida
pero también que no me vaya.
Padre, mirás fijo a mis ojos
como un lobo acecha a su presa
y cela a su cría. ¿Repetirás
tu bendición, entonces, aquella
que une el amor con la furia,
la piedad con el odio?

A Diana Bellessi
6. De nuevo me voy sin partir
y parece que la mueca
no alcanza porque es otra vez
el mismo gesto en el lugar errado.
¡Oh, hermanos, quedamos
de un lado, quedamos del otro
pero ni el frío ni el viento
ni el golpe filoso de la arena
me vuelven el rostro hacia atrás!

13. ¿Vas a decir que soy
la primera simiente
del pueblo elegido
para que lleve todo
aquello que he sido,
que soy y seré? ¿Vas
a dejarme tu bendición
para que pueda partir
sin tener dudas?

20. Recupero las ganas de irme.
No es porque lo ordenes
o me lo digas. Parto porque
debo ir hacia algún lado,
al que quizás nunca llegaré.
No digo adiós. No se mueven
mis labios. Ni la mejilla late.
Es solo un camino de arena
que se abre en este desierto
y de inmediato se cierra
a mi paso mientras miro
fijo hacia atrás.

23. Te sueño en la insensatez
de dejarme ir sin levantar
tu voz o tu mano. ¿Tanta es
tu debilidad, padre, que te has
mantenido vivo y muerto
al mismo tiempo? Me ves,
camino lento, y no hay frase
tuya que detenga mis pasos.
Allá está, pensás y no decís
ni una sola palabra porque
no hay nada que quiebre
nuestro silencio.

27. Él dice: tomá a tu hijo, el hijo
que amás con devoción y ofrecélo
en sacrificio. Así, en medio
de tu silencio lo escuchás y sin
que te tiemble el pulso estrechás
su mano izquierda. Los dos van
a la deriva por el desierto sin sol
ni sombras mientras caminan juntos.
No dan tregua al paso lento
aunque su pie pequeño se hunda
en la arena pantanosa, aunque
se agrieten sus labios o sus sentidos.
¿Seguir, seguir o no llegar? ¿Obedecemos,
padre, o nos abandonamos de a poco
a la intemperie?

28. Y yo te hablo, digo: padre, y vos
contestás: heme aquí, hijo. Tus palabras
retumban en la soledad de la tierra
de Moriáh como si nunca nadie
hubiera roto nuestro silencio.
Y vos me mirás a los ojos esperando
un pestañeo, algún signo de duda o temor.
Somos uno y otro pienso mientras
seguimos a tientas por la luz del sol
con nuestros pies lastimados y desnudos
hacia el lugar del sacrificio. Así, despacio
nos acercamos y nos alejamos.
Luego, levantás la vista al sendero
abierto en una lenta pendiente
que nos asegura una buena visión
de este horizonte sin fín.

37. Has atado y afirmás mi pequeño
cuerpo sobre los leños del altar
que promete el sacrificio.
Confío en vos, creo en vos, veo
a través de tus ojos, siento a través
de tus manos, ¿o tendré que morir
traicionado por tu amor? ¿A quién,
ausente hoy, padre mío, le fue
ofrecida esta prueba?

38. No lo has encontrado y tu vista
se pierde entre la ardiente luz
del cielo y tu propia sombra.
Decís una plegaria, dónde estás,
¡oh, bello carnero, pequeño animal!
Mirás para un lado, para el otro.
¿Estarás ciego? ¿no sabrás
reconocerlo por sus cuernos,
su mirada temerosa? Tenés firme
en tu mano derecha ese cuchillo
que lo cortará a degüello en el frágil
altar del sacrificio.

39. Volvemos. Nuestros caminos se separan
y yo parto con la manos libres de ataduras
así como las tuyas están bien regadas
con la sangre de la ofrenda. Porque
el sacrificio nos ha dejado vivos
pero con el puñal clavado en nuestros
corazones. Sí, desde lejos te veo todavía
alzar tus ojos al cielo a la espera
de una respuesta justa que disuelva
todos nuestros males pero aún no sé
si existe esa suerte ¿o me abrazaste,
padre, como quien abraza a su hijo
y también a su ofrenda? ¿Quedé,
entonces, como el torpe carnero
solo y atrapado por sus cuernos
en esta árida espesura?



(Inédito)
Entre los últimos susurros del final del shabat
y las primeras luces del domingo me recibís
con la alegría del que espera que mis ojos
se encuentren con los tuyos ¡Oh, padre,
por vos he llorado, por vos he maldecido,
por vos he callado! Quién hubiera dicho
después de tanto silencio que brotarían
de nuestros labios estas sabias y dulces
palabras. He vagado lento miles de días
y noches por este desierto para llegar
hasta aquí y sin saber nuestro destino,
sin buscar atajo alguno he regresado
para abrazarte como quien se aferra
con desesperación a esa última piedra
que salva el precipicio. El calor de tu cuerpo
se adhiere al mío mientras acaricio
tu cabeza liviana y encanecida. Padre,
¿sentís en mi mano la bendición
del desterrado?