CON LA DEVOCIÖN
del que es mudo pero habla
decimos palabras de amor
sin convocarlo. Su espíritu
está ahí, funciona
como un néctar invisible.
Da miedo. Calla.

ATADO
al palo mayor de esta terraza
te observo pasar, querida, con tus
frágiles alas. Cantás muy suave,
endulzás el oído hasta que pierdo
la cordura. ¡Vida mía!, no tengo
nombre ni visión ni palabras y solo
tu boca pegada a mi oído me da
su aliento. Por favor, insisto
en un rezo, abrazame
fuerte para que insomne llore
toda la noche sin parar.


(TERCIOPELO MÏO,
te soplo al oído,
nunca mi boca ávida,
pausada y húmeda
podría apagarte)


¿ ES ESTE
el camino adelantado del amor? Amor
del que espera llegar a buen puerto,
amor del que se mueve en la soledad.
Me encuentro de nuevo en esta antigua
terraza, te veo bailar al lento ritmo del duf
y los suaves acordes de un laúd. Gira tu cintura,
se agita tu estriado vientre, se abre tu boca a esa
melodía encantadora. Yo estoy sujeto a esta colina
aunque no te encuentre aquí, aunque del día
a la noche desee oír tu voz y ella no resuene;
¡oh, dioses!, denme una pasión, un silencio
cálido, un desierto.


TUS LABIOS
Beso tus labios, los acaricio
en esta noche con la ilusión
de que mañana estarán
conmigo, pegados a mi boca
y me darás el aliento. Sí,
los beso muy despacio
porque deseo que nunca
pase el tiempo. Y vos,
sabia, los abrís de a poco
para que yo los conozca
en sus detalles mientras
los rozo con mis labios
y mi lengua de modo lento.
Entonces, ellos adquieren
vida propia, se acarician
con amor y sin ningún
recelo se quedan como besos
quietos.


TUS MANOS
Muerdo tus manos con ternura.
La piel ahí es delicada y tirante,
me cuesta hincar mis dientes sin
lastimarla; fina lámina de arroz
que cruje y parece a punto
de quebrarse. Pero lo hago igual,
las muerdo y estiro hasta el límite
de lo posible, mientras los pequeños
huesos del metacarpo que se adivinan
rechinan o casi se rompen.
Luego, veo tu rostro de entrega
y goce, tus labios que se hinchan
de a poco, que se hacen ovillo
y se juntan, que se prenden
de mis orejas con ardor.
Ellos me extorsionan para que siga
rasgando con mis dientes los pliegues
tensos e infinitos de los dedos de tus manos
y que por favor, no deje, no deje nunca,
loca garza mía, de hacerlo.

DRAGONA
El viento las mueve como si fueran
hilos de plata que brillan a la luz
de la luna pero no, son tus crines
que se agitan al compás del silencio
que menea nuestros cuerpos sin decir
palabra. Dulce dragona que me abraza,
me susurra y me resopla leve
el cuello mientras tu desnudez de terso
animal escamado, fulgente y confiado
baila en el ondular oscuro por este
monte que habita el pabellón
de tu casa. Ahí me veo volando
entre tus brazos, con tus alas abiertas
y tu fuego que nos prende y apaga
como si fuéramos destellos aislados
en medio de la noche. Ahí, ¡en el aire
está el riesgo! y suspendidos ambos
y aferrados bebo tu rostro espigado,
tu boca de ángulos cincelada
por el tiempo, tus manos de membranas
ásperas y lánguidas para que lentos,
con cuidado y juntos reposemos
en la hierba húmeda, sí, entre sueños.