Los mejores libros de 2013 / Poesía
Epica personal
Un sonido sentimental
Para que no escapen
La educación musical
Nos conocemos hijos
Presentación del libro

Presentación del libro

2013

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Ultrabar. Buenos Aires

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Horacio Zabaljauregui


Yaki me ha convocado para hacer de maestro de ceremonias: debo anunciar y lo hago en pleno uso de mis facultades performativas, la presentación de La educación musical, y que está consistirá en una lectura de poemas del autor y en la interpretación de canciones alusivas por parte de Juan Pablo Fernández.
Yo soy un lector privilegiado porque leí el libro antes que algunos de ustedes pero no voy a abusar de ello para incursionar en esa especie de subgénero literario que son los textos que se escriben para las presentaciones de libros. Nada de eso. En todo caso les aportaré impresiones que fueron surgiendo durante la lectura:
En principio, me asalta al oído el tono de la escritura: ese registro, diría, lírico minimalista, (sin ninguna pretensión clasificatoria). Casi una voz en off de íntima y melancólica reserva; la de un padre presente que testimonia el impiadoso paso del tiempo. Posibles notas que podrían agregarse a las marcas en la pared que se hacen para medir la estatura de los hijos y dar cuenta de los estirones. Una forma de registrar el crecimiento hasta donde se puede (“los chicos crecen” se dice aquí también). En la educación Musical hay el intento de fijar como en postales o viñetas, el tempo de esa fugacidad.
Tempo de la música, que pauta el ir y venir, en apegos y desapegos, la impiadosa e imperceptible sucesión de distancias, fricciones e intercambios venturosos; el rush sentimental es también la educación musical: la entropía que sucede entre padre e hijos en un espacio ilusorio, en la pura fragilidad del día a día.
Anoto figuras de la música: disonancias, síncopas, silencios y puentes para dar cuenta de esas múltiples mutaciones. Acoples y reverberaciones que aturden. De eso está hecho el polemós fraterno entre iguales-desiguales, padre e hijos.
Todo esto registra, esta voz, como un acorde de si menor, se me ocurre. Los acordes menores, dicen, son los que expresan mejor la melancolía.
La música es tiempo, la música fluye como el tiempo y es el bien de intercambio, el don preciado, iniciático, de pertenencia tribal, de interacción nutriente entre padre e hijos. Sistema de señales y contraseñas también marcado por la fugacidad: los gustos musicales cambian entre los hijos, como las novias, como los estados de ánimo, como algunas costumbres. Las devociones por algunas canciones pierden el aura y caen en la indiferencia.
Otro aspecto relevante, central, para mi es que leo el libro de Yaki desde una identificación profunda como padre, desde esa empatía. Desde ahí leo y comparto:
“Yo muero, él crece y se vuelve otro mientras desespero”
“Si ríe me alegro, si sufre no tengo nada que hacer”
“Como si fueran una cuña los hijos están
en medio de todo para bien y para mal”
Cifras de la condición de paternidad; en ellas me reconozco. A mí también me asedia la sombra del hombre de arena, el miedo a la fragilidad de la vida de mis hijas.
Fluir del tiempo una vez más que es fluir de la música. La flecha del tiempo. Como una señal en la autopista que indica No direction home.
Por último, hablando de fluencias e influencias, la lectura de La educación musical me llevó a una película entrañable, que muestra el amor de una manera absolutamente original, Torrentes de amor, de John Cassavetes. Al principio, se me ocurre caprichosa la asociación, pero se me impone.
Allí Cassavetes, actuando un padre ausente, recrea la intensidad del amor fraternal, sin mediaciones retóricas, sin efusiones que distorsionen la intensidad plena del sentimiento.
A la distancia, en sordina, hay en la Educación musical, en su voz sesgada, apenas insinuada, una intensidad igualmente admirable y genuina, tan contundente, en la que el amor paterno está presente, torrencial, como en la música, con todo el cuerpo.
En esa evocación de lo que se escapa, de lo que se pierde hay una mirada ávida de futuro, porque, claro, este es un libro sobre los hijos, por lo tanto es un libro sobre el futuro, aunque este pinte distópico, o tal vez aún más por eso. Una forma de sobrevivencia como London Calling. Allí en el perfil del futuro está lo aún no escrito, como dice el título de la película sobre Strummer o el “mañana es mejor” del Flaco Spinetta.